| como una flor |
Ayer, miércoles de febrero, estando en tránsito, como en esta vida, cercano al tráfico y al ruido urbano, casi hostil, recibo en silencio un mensaje que luego advierto, una sonora y cálida invitación de quien recién despierta en su única jornada de descanso, retozando desde los sueños se da al mundo abierto y me pide en franca confianza que le ayude a estar con ella, que le acompañe a otro tránsito, el del placer de la auto satisfacción plena, que recién inicia, dando respuesta a cuanto su cuerpo clama.
Hace un paréntesis a sus otras ocupaciones y a sus muy precisas preocupaciones para anunciarse así misma que existe, que vive y siente, que hierve por dentro y pide quemarse. Que desea un breve espacio de intimidad que le confirme en su condición de mujer, de ser una unidad deseosa de verse en juntas, mostrando su arte, su vigor y dejarse caer en su expresiva resolución. Esa sensual manera de ratificarse en juego, pese a la sequía que como circunstancia ajena le puebla.
Sin compañero en cama, sin nadie en la tribuna, esa voz quiso verme, pidió ayuda para que en la destreza de la urgencia, viera liberar las maripositas que le llenan desde el vientre toda el alma. Llega a mí el llamado de la flor para liberar el polen dulce que activa de entrada mis salivares.
Leo el texto, me engolosina el llamado y emprendo vuelo, salgo ipso facto en la mirada a llevar fuego y agua para armonizar las llamas y regarlas hasta que solo quede la piel fresca y relajada. Vuelo sí, pero a un modo discreto, las circunstancias pequeñas e inmediatas me son hostiles para ese hermoso propósito. El resto pesa. Pesa el cuerpo y la ropa y no les puedo dejar a la deriva en tierra, asumo la responsabilidad que tengo para con ello y para atender las nimiedades rutinas y las tareas trascendentes que aspiro cumplir.
Busco el control para poner pausa al entorno y respondo al llamado. Hago silencio visual mientras oigo y escudriño en la voz, el gozo vivido. Hablo, algo digo y sé que llego, sin estar presente a tu lado, pareciera que todo lo hubiera visto y sentido, la escena del crimen está intacta, siento el color termográfico, todas las evidencias encausan lo acontecido en el torrente vertido; la sábana y el lecho, el aire cálido y su fragancia, la tenue luz y el poco ruido externo. Ese crimen se dio, y no fue posible evitarlo, para lo cual solo bastaba hacer presencia y morir juntos.
Sin embargo, ese acto fue lícito, fue en defensa propia y además justificada la sentida alevosía que quedó grabada en tu llamado. El rubor en las mejillas y en la tímida voz las hermosas sonrisas que pude escuchar; esa visión del éxtasis sentido me baña el cuerpo y me moja la piel hacia adentro. Me contenta saber que has dado pasos desde la cama al aire y desde ahí, sales de tu cuarto, liviana, volando la tarde, al compás de las aves que se dejan ver en el cielo que me cubre.
Me quito el sombrero y hago la debida reverencia. Admito que el ejercicio ha dado fruto y lejos de morir algo en el crimen, ha dado vida alegre a tu ser y me alarga el sentir. Espero estar más cerca.
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