martes, 15 de febrero de 2011

Mi Carta

"Te vi
juntabas margaritas del mantel
ya sé que te traté bastante mal
no sé si eras un ángel o un rubí
o simplemente te vi…" Fito Páez
Migra Alana
No mi amor, así no. De este modo no avanzamos. Así solo pasamos de una actitud crítica, beligerante, a otra fase de inercia, de vacía conducta que deja de lado, cuanto pueda hacer el amor por ambos, estando juntos o separados, pero dejando que él nos crezca por dentro en favor nuestro.
En primer lugar, reconociéndonos en todo este tiempo juntos, lleno de contenidos, muchos de los cuales han sido inéditos pasajes de abandono benigno. Abandonarme me refiero a eso de darme entero, confiando en ti, de entregarme a ti, desnudo de mucho, sino de todo, a eso llamo abandono.
Eso de recibirte, luego de atreverme a explorar las sendas que inventara el enamoramiento que sedujo tu noble corazón, desde mi primitiva inspiración jocosa, con el rico juego de palabras que se fueron armando para ti. Esa manera tan especial con la que te diste, desde esa mirada de acertijo que dibujó en tu rostro la primera pregunta que se plasmó en una hojita de notas sobre la mesa que nos reunió -¿recuerdas?-.
Desde ahí, hasta hoy han sido muchas lunas, muchas preguntas fuimos a coro respondiendo y las respuestas salían solitas, elocuentes, dispuestas como un mazo de barajas. Aparecieron desde el desconcierto inicial, hasta la enorme confianza ganada. Así, llenamos talonarios, todos los formularios de distintos formatos se fueron resolviendo, como un scrable, juntando letras, fuimos llenando el tablero y nos mezclamos más, nos vimos tan cerca que juro me he visto en ti, y tú muchas veces te identificas conmigo. Así, desde el elocuente discurso al antiguo lenguaje de señas, fuimos aprendiendo el lenguaje de los gatos. Nos fuimos quedando mudos arribando a esta edad de silencios.
Así, hasta hace poco, no preciso cuando dejó de ser, cuando se atascaron las agujas del reloj y el tiempo dejó de avanzar en su lógica marcha y entre trasnocho o ausencia de amaneceres se nos volvieron vil rutina los días. Desde la prosa ligera y de los versos perfectos, pasamos a los enormes discursos y profundas disertaciones,  luego las contracciones gramaticales nos llevaron a las frases entrecortadas y a los seguidos puntos, así llegamos al común ajá y a los gestos en la cara. Sin embargo, la piel conversa nunca dejó de hablarse y de entenderse.
No preguntaré que pasó… Tú y yo sabemos. Enumerando de arriba a abajo, desde la izquierda, o en orden alfabético, de cualquier forma, ambos podemos decirnos cuanto pasó. Aun más; podemos enumerarnos por gusto desde lo soterrado a todo cuanto vive en el aire, lo que no puede caer por liviano y por excelso.
Por ello, el punto no es lo pasado, lo sentido; lo dolido que contrasta con lo enorme, ese grandioso templo que hemos hecho y habitamos, ese especial aporte que nos dimos, supremo, aun con todos sus sótanos y túneles. El punto es que todo eso cabe en algo; en el discurso, en los papeles escritos, en los mensajes con suspensivos puntos, en los mail, en las conversaciones, en las disertaciones juntos que sumadas a los monólogos de ausencia, a los actos reflexivos, que nos han movido de popa a estribor, desde la dermis profunda al cuero cabelludo y hasta los dientes y las uñas.
Todo lo anterior cabe en algo –digo-, así ocupe una extensa canasta con papeles e imágenes, o comprimido valga en memoria mucho más de un terabyte en palabras. Me refiero a lo vivido, lo compartido, todo lo que corresponda formalmente a un expediente, nuestro expediente. Claro que algo es capaz de contenerlo, de resumirlo y archivarlo.
Lo que me trae a ti por este medio, no es lo pasado, es lo que está por venir. Es ese porvenir infinito el que me centra, me lleva a ti, cual Roma, me acelera en la física de centrípetas fuerzas, me lleva a caerme irreversiblemente sobre tu verdad, como la luna rueda sobre la tierra. Esa forma mecánica de rodar a través del tiempo, para vivir lo que se nos ha escapado, para sentir, allende lo pasado, para alcanzar nobles propósitos, para mejor acompañarnos, para saborear el dulce añejo de cuanto falta por ver y por vivir. ¿Se trata entonces de hacer conciencia de lo vivido? No, no lo sé.
Se trata de no perder la enorme oportunidad de viajar juntos cuanto resta, convencido que eso, que no es un expediente cerrado, nos hará brillar mejor, no más, sino mejor. Que ese itinerario hacia adelante, luce atractivo hacerlo juntos, viviendo lo que no puede ser comprimido ni comprendido a solas. Tal vez, el entusiasmo de otras compañías, sirva de consuelo y de veras reconforte, tal vez, mordiendo el peine de la aventura, nos distraiga tanto o menos como la ilusión de hallar más. Nos queda entonces la duda, entre lo más y lo mejor.
Siempre quisimos más, siempre nos hemos querido, aun en estos tiempos de sequía, golpeados por el inclemente sol de quejas y lamentos, no dejamos de reconocernos en el amor sentido. Siempre hemos creído que es una torpeza y una lástima perdernos, dejarnos de reconocer debajo del tapete oscuro de una noche sin luna y jugar a identificar constelaciones, enredándonos las piernas entre ascendentes signos y retrógrados planetas. Siempre supimos reconocer que cada velada juntos fue única, parecida tal vez a otra, pero irrepetible.
Anduvimos entre lo vivido y lo soñado, entre lo posible y lo apetecible. Disertamos mucho en las tantas resoluciones juntos, nos fuimos de aprendices y risueños saltamontes hasta ser trapecistas y aviadores, tocando el cielo juntos por lo intrépido del sentimiento que nos vive. El amor, como una traviesa y fiel mascota anduvo rondando entre los pies, no siempre advertimos su presencia, muchas veces lo carreteamos, al amor, hasta verle jadear sonoro y bien alto.
Ahora, cuando agosto nos deja sin vacaciones, en estos días de espera a la fecha "de cobro" donde las carencias son notorias. En estos tiempos de ausencia, no aparece la sana conversación matutina que deje opaca la voz de los noticieros, ahora caigo en cuenta que menos me importan los acontecimientos de estas y de otras latitudes, Ahora, entre el venir y estar yendo, de espacio a otros, confundiendo los ruidos de la Tv, la radio y a Fito con su muñeca que regala besos, que estimula la algarabía de los loros vecinos, sentado con un café, te veo venir, te evoco y entras por la ventana;  ligera, sonriente, con tu pelo suelto, con una madura sentencia, que pronostica calma…
Me quedé dormido sobre el teclado, me distraje pensándote. A propósito hubiera querido escribirte como prefiero, a mano, sobre esas hojas especiales que guardas en tu escritorio y con mi viejita pluma solidaria, pero no lo pensé, súbitamente me di a pensar y a escribir este archivo. Recién reviso y leo que enumeraba desde el primer lugar extenso, sigo.
En segundo lugar, luego de esta pausa, en este corto tiempo de muy larga ausencia, solo he conseguido alejarme más, me distraigo en evasivas, son más lentas las insomnias noches, las películas son terriblemente malas y parecen mudas, no les oigo. Vivo la aventura de ir desde la cama, al mueble de la sala hasta la nevera, buscando lo que no hallo, catando cuanto frasco has dejado. No dejo de registrar todo aquello que tiene tu huella. Le doy nueva lectura, las pongo en otro orden y dejo sobre impresa mis huellas. Así me estoy comiendo los días; vengo desde el lunes hasta el domingo abriendo gavetas y ventanas. Riego las plantas con aguas y con palabras. Si me vieras. Mantengo en forma desde el cuarto a la cocina, mucho mejor que lo que veo frente al espejo.  Ah, pero no dejo de sonreír de veras,  por si apareces y además, me veo cómico en estos quehaceres sólo. Bueno saber que el humor no se ha ido y gozo de buena salud.
Sigo, por último, por ahora, por hoy, mientras dure esta espera, en tanto siga la rutina de encierro que sólo rompo buscando la prensa, sacando las piernas de paseo, como si fueran perros al parque, a comprar el pan y otras nimiedades. Digo, pienso, siento que algo está por pasar, algo grande, trascendente; o salgo a buscarte y rescatarte como si fuera una subasta de bienes –donde estés, como estés- o vienes tu a lo que quieras, cualquier excusa es buena. Si vienes será por la puerta grande, a pie y no volando por la ventana  por donde suelo verte llegar.
Me queda el silencio y la espera. Estoy en la banca observando el partido del año, el clásico anunciado, atento y con el corazón agitado por la pasión de entrar en acción, esperando el llamado a incorporarme al gramado para mostrar mis habilidades, jugando con el equipo a ganar, echando el resto.  Presiento la euforia en las gradas que afuera están. 
Reitero el deseo de escribirte despacio, a pulso. Verme pintarte el papel con prosa, doblar las pocas cuartillas que escriba como se hacerlo y ponerlas en un sobre, con tu nombre en orlas y con frases amorosas mías; las que se me ocurran nuevas o de aquellas que otras veces dije. Ponerla en tu mesa de noche, para cuando vengas a buscarte entre mis cosas, como me recuerda Benedetti, querida Alana, sepas que estás intacta en mí. 
Mucho más grave estaré, sino apareces, sino te encuentro. Mientras no se de ti, te hago feliz entre tus cosas, pero pudiera ser que estés a la intemperie y no lo sepa, mucho peor.  Leía contigo el hermoso cierre de ese viejo poeta amigo, adelantado “de que el amor es una bahía linda y generosa, que se ilumina y se oscurece, según venga la vida, una bahía donde los barcos, llegan y se van, llegan con pájaros y augurios y se van con sirenas y nubarrones. Una bahía linda y generosa, donde los barcos llegan y se van, pero tú, por favor, no te vayas”. Apuesto a tu regreso, me declaro triunfador, y si vuelves, gracias a ti, la gloria es nuestra.
J.P.T.

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